jueves, 29 de mayo de 2014

ORACIÓN Y ENCIERRO PARA "CURAR" A GAYS


En el país hay centros que ofrecen “quitar” la homosexualidad con métodos extremos e ilegales.

Desde encierros forzados, golpes, burlas e insultos hasta electricidad, fármacos, inyección de hormonas y manoseos. Estos métodos emplean algunas de las llamadas clínicas o centros de rehabilitación para, sin fundamentos científicos ni legales, intentar “curar” la homosexualidad por petición de los familiares de los internados. Hay también sitios donde basan el método en la oración.

En Ecuador funcionan 140 de estos lugares, pero solo 80 tienen permisos para atender a personas con problemas de drogadicción y alcoholismo. Ninguno para intentar “quitar” la homosexualidad.
La misma Dirección de Salud del Guayas advierte que no hay autorización para que funcionen centros que “corrijan estas conductas sexuales”.

Grupos GLBT (Gay, Lesbianas, Bisexuales y Transexuales) han atendido a personas que han sido internadas en estos centros y aseguran que la mayoría no denuncia por temor a sus padres o amenazas.


Ya quisieran algunas la figura de Chiqui. [FOTO] De facciones finas y cuerpo delicado, reúne
a cabalidad  las características que muchas imaginan como el prototipo de mujer ideal. Y muchos también, claro, porque admiradores no le han faltado. Pero basta con leer su cédula de identidad para advertir que, por más que hoy la llamen Chiqui por las calles, las leyes la reconocen como Pedro Luis Nieto Castro.

Asegura que desde los 6 años se definió como niña ¬hoy tiene 22¬ y lo que para ella debía ser una infancia llena de juegos y muñecas, se convirtió en una etapa de reproches y castigos. Pero todavía faltaba lo peor.

“Mi papá pagó $ 1.000 para que me encerraran en una clínica porque quería que cambie. Prácticamente me secuestraron cuatro hombres en la calle. Tenía mi cabello largo y, como ya me había ‘hormonizado’, me crecieron los senos. Me raparon. A mí y a tres homosexuales. Nos encerraban en cuartos de menos de un metro de ancho. Tan pequeños que debíamos estar de pie, a oscuras y con moscas”.

Aunque se dice sana ¬“no fumo, no tomo, no me drogo”¬, su familia la recluyó en el centro Paraíso de Dios (km 8 de la vía Durán-Tambo), liderado por Jorge Flor, a quien los internos ¬algunos con años de reclusión y, en su mayoría, con problemas de alcoholismo y drogadicción¬ llaman “mi pastor”. Dice que tiene otra “sucursal” en Milagro.

“Al intentar escapar, me pegaron hasta romperme la nariz. Preguntaban si era hombre o mujer, nos bajaban el pantalón, nos tiraban agua entre las piernas y nos ponían cables pelados para pasarnos electricidad”.

Flor la desmiente y niega que atienda a homosexuales. “Mire, son todos hombres”, asegura en medio de una especie de canchón que hace las veces de templo, mientras cuarenta personas escuchan “la palabra de Dios”.

Casos como este no tienen estadísticas oficiales, pero se repiten por decenas en el país con la intención de “curar” la homosexualidad, aunque sin fundamentos científicos ni legales.

En Ecuador funcionan 140 clínicas o centros de rehabilitación, pero solo 80 tienen permisos para atender a drogadictos y alcohólicos.
Ninguno para intentar “curar” la homosexualidad. La razón es sencilla: no es considerada una enfermedad. La Asociación Americana de Psiquiatría la eliminó de su lista de patologías en 1973 y Ecuador la despenalizó hace diez años.

“No existe autorización para que funcionen clínicas que corrijan estas conductas sexuales porque no es una enfermedad, sino una elección. Es un engaño, una viveza criolla, eso implica que los profesionales no son serios”, comenta Patricia Castro, coordinadora de Vigilancia Sanitaria de la Dirección de Salud del Guayas e integrante de la comisión encargada de regular a este tipo de establecimientos.

La mayoría de afectados no denuncia por temor a sus padres o amenazas. “Han tenido que mentir (decir que ya no son homosexuales) para poder salir de ese martirio”. De hecho, ni en la Defensoría del Pueblo ni en los juzgados hay denuncias por este tema.

Estos centros también utilizan fármacos en sus “tratamientos”. “Me aplicaron hormonas que me cambiaban la voz. Nos ponían videos de hombres y, si acaso teníamos una erección, nos pegaban. Nos levantábamos a las 05:30 y, si no habíamos cometido alguna infracción, nos daban desayuno. Nos aplicaron descargas eléctricas en las partes íntimas y en las manos”.

El relato de Jorge ¬Jorge, a secas¬ hace referencia a un centro que, hasta hace dos años, operaba cerca de la Caja del Seguro, en Guayaquil. Hoy tiene una pareja estable de su mismo sexo e integra un grupo GLBT. Comenta que el centro era dirigido por hombres que se identificaban como “pastores” y, según recuerda, tocaban a los “pacientes” para verificar si, al no tener erección, ya estaban “curados”.

Otros, en cambio, se han internado voluntariamente. Es el caso de una lesbiana de 20 años que aceptó recluirse para “no hacer sufrir más” a su familia. Acudió junto con su madre a lo que ella llama Hogar de Jóvenes (Tulcán 1105 y Aguirre), dirigido por la doctora Eugenia Macías.

“Aunque nunca intenté escapar, me hacían tomar tres pastillas que me hacían dormir todo el día, aunque compañeros me contaban que sí estaba despierta, pero no recuerdo casi nada. Al quinto día desperté en una clínica en La Libertad. No sé cómo me llevaron. Allí, a los que se portaban mal los encerraban en un cuarto sin colchón. Mi mamá me mandaba maquillaje y vestidos. Cobraban $ 200 al mes”.

Al ser consultada, Macías dice que en su clínica solo trata a personas con problemas mentales, aunque eventualmente ha hospedado unos días a pacientes de su fallecido esposo. “Él tenía una clínica en La Libertad para drogadictos, pero cerró cuando murió en febrero. A la final ha de haber sido (que estuvo aquí) para luego llevarla allá”, admite.

Hay lugares con métodos más tradicionales, donde atienden médicos y psicólogos. Nelson Quintero dirige un centro evangélico, en Samborondón Plaza, que brinda atención a personas que desean salir de la homosexualidad. “No se ofrece curación, sino sanación. La ayuda debe ser espiritual y profesional, pero no se debe encerrarlos”.

Estos sitios se presentan, mayoritariamente, como evangélicos, aunque los católicos también organizan cruzadas. Una de las más grandes del mundo es Courage (coraje) y, según su página web, tiene extensiones en México, Costa Rica y Ecuador.

El presidente de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (CEE), Antonio Arregui, asegura no conocer a esta congregación, aunque dice que en Guayaquil se organiza un “grupo de ayuda”, liderado por un cura.

Justamente esta semana el asambleísta y pastor evangélico Balerio Estacio (PAIS) habló de las clínicas de rehabilitación en el pleno. Para él, el Estado, vía decreto o Asamblea, debe financiar centros manejados por iglesias. “Son demonios que entran al cuerpo. El ser natural no lo comprende, así sea psicólogo. No se puede hacer nada si no es desde el espíritu de Dios”, defiende sin profundizar porque “quien no cree, no entiende”.

‘Curados’, aunque todavía sin pareja




Una fotografía de hace 23 años, vestido de mujer, maquillado y con el pelo largo, muestra el pasado homosexual de Luis, de 45 años, actualmente convertido en pastor evangélico, esposo y padre de dos hijos. “El 20 de enero del 2000 conocí a Dios. Él me empezó a mostrar cómo me veía frente al espejo”, dice.

El testimonio de Luis es uno de los que recoge la Iglesia evangélica para afirmar que un homosexual puede llevar una vida heterosexual, pero también para difundir su centro Camino de Salida, parte de una red latinoamericana que proclama la “cura” del homosexualismo.

Funciona en el edificio Fórum, de Guayaquil. La matriz queda en Quito.
La dirigen pastores y sicólogos que citan a los homosexuales una o dos veces por semana para terapias ($ 5 por sesión), hablan de la Biblia y las causas de su “desviación”. “El fin no es el matrimonio, sino que entiendan su género y vivan como varones”, explica la psicóloga Verónica Izaguirre.

Sin embargo, hay quienes cuestionan sus métodos. Una mujer cuenta que le dijeron que, para que su hermana salga del lesbianismo, podían presentarle a un hombre que tiene problemas de adicción sexual.

Nelson Ballesteros [FOTO], pastor de 50 años, también es consejero y –dice– “un homosexual rehabilitado. Fue duro comportarme como varón, ya había tomado la personalidad de una mujer”. Las hormonas le dieron senos, formas y voz femeninas.

Hace 26 años comenzó a acercarse a Dios, pero ha enfrentado “recaídas”. Desde el 2001 asegura que no ha tenido relaciones con hombres. Tampoco con mujeres. “Me ha faltado decisión, pero no rechazo a las mujeres”. En este centro hay hombres que se dicen rehabilitados, pero sin pareja.

En Huaquillas (El Oro) funciona el “internado” Nueva Vida (Tiwintza y García Moreno), donde homosexuales deben cumplir un encierro total por un año. “Ahorita tengo a dos jóvenes, uno de 15 años y otro de 21.

Tienen su pabellón separado de los drogadictos”, admite Timoteo Zárate, quien se presenta como un “pastor” que pudo superar la homosexualidad.

18/5/2008-Diario El Universo (Ecuador)
Autor: María Alejandra Torres y Marjorie Ortiz

LAS LESBIANAS EN ECUADOR SON ATROPELLADAS DESDE SU ENTORNO FAMILIAR



Tres hombres la sacaron de la casa en pijama, esposada y la golpearon. Un sábado por la mañana hace 3 años, timbraron a su puerta.
“Los tres eran altos y gruesos”, dice Claudia (nombre protegido). A la fuerza la llevaron luego de golpearla con un palo en la cabeza y en la espalda. Los hombres la introdujeron dentro de un vehículo con los ojos vendados.
Después de varias horas llegaron a un bosque tropical. Le sacaron la venda y el panorama fue “aterrador” para la joven de 29 años. En unas palmeras estaban personas sujetadas con esposas, les ponían corriente eléctrica y les lanzaban agua fría. Eran homosexuales.
Claudia relata que unas semanas antes de aquel día les reveló a sus padres que era lesbiana. “En un afán por ‘componerme’ mi padre pagó a un supuesto centro de rehabilitación para homosexuales para que me internaran”.
En un bar gay de Quito, Claudia se divierte con sus amigas lesbianas. Con la cabeza baja narra del tema, y a pesar de que aún siente dolor quiere contarlo, “así de pronto evito que alguien más pase por eso”, dice con angustia.
Un estudio de la Organización Ecuatoriana de Mujeres Lesbianas (OEML) indica que el 46,8% de las mujeres encuestadas (47) ha sido víctima de manifestaciones de lesbofobia.
De ese porcentaje, el 29,8% ha percibido el rechazo con frecuencia. “Este tipo de casos no solo se dan en las familias, se viven en las calles, mientras una camina, ya sea por cómo se viste, por cómo actúa o por expresar su afecto hacia otra mujer en público”, manifiesta Sandra Álvarez, presidenta de ese organismo.
La OEML, uno de los mayores grupos de activistas lesbianas en Ecuador, tiene cerca de 350 miembros en Quito. Pero hasta para formar esa fundación, sus dirigentes dicen haber pasado por atropellos debido a su orientación sexual. Álvarez cuenta que al principio esta era una entidad solo de mujeres, que defendía los derechos del género. Sin embargo, sus compañeras decidieron relegarla de su cargo de directora por ser lesbiana. “Se enteraron que tenía una relación con una de las trabajadoras y dijeron que no podían tener a un ‘hombre’ al frente de la organización”.
Pero esa no fue la primera vez que Sandra fue discriminada por ser gay. La expulsaron del colegio cuando tenía 15 años por la misma razón. “Estudiaba en un plantel de monjas y antes de que me diera cuenta ellas ya sabían que era lesbiana. Dijeron que era mala influencia para las alumnas”.
En el libro ‘Mujeres Lesbianas en Quito’ se indican cuatro principales razones para que se produzca la lesbofobia. De 200 mujeres, el 90% respondió que se debe a influencia religiosa y a mitos.
“No es fácil para las mujeres que vienen aquí (la Fundación) afrontar su situación ante sus familias, amigos, compañeros de trabajo. La discriminación es evidente cuando se revela la orientación sexual, piensan que somos como hombres, nos aíslan las mujeres y los hombres nos insultan”.
Casos de atropellos o abusos contra lesbianas tampoco se registran en la Policía y en la Fiscalía, solo lo hacen las fundaciones.
Claudia se abre paso en la discoteca gay entre hombres, se sienta en su mesa y dice: “este es el único lugar donde no recibo ofensas por ser lesbiana. Aquí los hombres no me miran mal y las mujeres no me desprecian. En la mayor parte de lugares sí lo hacen”.
Toma un poco del margarita que sostiene con la mano izquierda. Al observar el vaso, ella recuerda los insultos que le decían los guardias de la clínica donde permaneció dos años. “Si esta ha sido ‘chueca en todo’, aquí te vamos a componer, te vamos a hacer alguien porque no eres nadie”.
La torturaban, le rompían sillas en la espalda, no le daban de comer en días y la bañaban en agua fría. La madre de un amigo que fue a visitarla le contó a su madre los maltratos que recibía y la sacaron del lugar. El 86% de las mujeres de la Fundación argumenta que en el barrio y en el núcleo familiar es en donde más han reportado casos de discriminación por su orientación sexual.
“Las heridas y resentimientos que causa el rechazo por la homosexualidad se quedan marcadas en una persona”, relata Patricia Montenegro, psicóloga que ha realizado terapias para los GLBT que han sido discriminados.
Para ella es importante que ellos expresen su identidad y con eso se sientan libres. “La mayoría se libera de la presión social cuando su familia lo sabe y más cuando los apoya”.
Después de salir de la clínica, Claudia ingresó a una terapia psicológica. “Me fue muy difícil perdonar a mis padres por todo lo que me hicieron pasar. Ahora me siento libre, pero aún con indignación por la superficialidad con la que se toman estos delitos y abusos contra los Derechos Humanos. No hay cifras (sobre casos de discriminación o abusos contra homosexuales o lesbianas), la ley no existe para nosotros”.
En la Policía y la Fiscalía, no existe un registro de casos de violencia contra los GLBT. En la Ley se tipifican como delitos de odio. Las ONG que tratan esos casos indican que dos denuncias de odio y violencia se receptan al mes.


Realizado por: Pamela Parra